01/52 Feliz aniversario

Cecilia Magaña
5 min readMar 21, 2022
21 de marzo de 1975, Iglesia de la Conchita en Coyoacán, Ciudad de México.

Hoy es 21 de marzo y mis padres cumplirían 47 años de matrimonio. Su historia de amor nos ha marcado a mi hermana y a mí desde nuestra infancia. Empezando por cómo se conocieron: ella era secretaria, él contador. A ella, él le caía gordo por callado. Él acababa de terminar un noviazgo largo y era tan tímido que le tenía algo de miedo a ella. Como si se tratara de una comedia romántica, les encargaron trabajar juntos durante varias jornadas en una auditoría que implicó horas extra, compartir horarios de comida, conversar y conocerse. “Después de trabajar con él, la próxima vez que lo vi pasar por mi escritorio y desearme los buenos días, sentí que se me hacía el estómago chiquito”, contaría ella.

Comenzaron a salir y a mi tío, menor que mi madre pero muy celoso, él le cayó bien desde el principio “porque se bajó del coche a tocar a la puerta en lugar de solo usar el cláxon, como los otros”. Después de un par de meses ella descubrió que estaba embarazada y el día en que se lo dijo, se propusieron “ir a un motel a hacerle las manitas al niño”, pero tuvieron un accidente. Mientras se llevaban a mi madre en una ambulancia porque se le rompió la pierna y a mi padre se lo quería llevar la policía de tránsito, él le propuso matrimonio y prometió que jamás la dejaría.

La boda se organizó con prisa y entusiasmo, alguien les regaló la luna de miel en Acapulco y tras el nacimiento de mi hermana, un ascenso laboral de mi padre los mandó hasta Matamoros, iniciando una serie de mudanzas que caracterizarían su vida juntos y, por lo tanto, la nuestra. Todas relacionadas con el crecimiento laboral de él, mientras ella se quedaba en casa, hacía amistades de las que luego se despediría y con quien seguiría en contacto por teléfono, a veces por carta. Hubo peleas y lágrimas por las inseguridades de mi papá, quien siempre se cuestionaba lo que otros pensaban de él y se obsesionaba por pequeños detalles relacionados con esa asfixiante timidez y muchos complejos que ella intentaba paliar en largas conversaciones. También hubo llanto por los cambios, porque mi madre se sentía sola y agobiada y a veces expresaba toda esta frustración con nosotras, sus hijas, en nuestra crianza. Ambos celosos a su manera: él pidiéndole de recién casado que pusiera cortinas gruesas en la casa “para que no la vieran”, ella lanzando comentarios sobre las mujeres profesionistas con las que él trabajaba. Con nosotras, él siempre fue el remanzo de paz, la conversación puntual cuando hacía falta, la pausa pero también la distancia por sus viajes y sus horarios laborales, mientras ella era la disciplina, la rutina, la nalgada y los gritos, las pláticas sobre esa familia a la que solo veíamos en navidades y fiestas en las que ella siempre lloraba. Él cero practicante de ningún rito, ella muy religiosa y temerosa del destino de su alma, aunque se repetía que él era un hombre bueno y solo por eso merecía un lugar en el cielo aunque no se confesara o comulgara. Él lector y necesitado de un espacio privado, un estudio en el que estar consigo mismo dentro de la casa, sin amigos, solitario. Ella amante de la televisión y las charlas de sobremesa, el jardín y las clases de cocina, las reuniones semanales con un grupo de amigas. Ambos cinéfilos por el gozo de la fuga y las historias, bailarines durante las fiestas de fin de año aunque a él, según esto, eso de bailar no le gustaba y le advertía a ella: “no me vayas a pedir que baile”.

Él firme en sus principios, hasta renunciar a la empresa en la que construyó tanto cuando fue absorbida por otra que tenía valores que él cuestionaba, ella dispuesta a volver a empezar con él lo que se propusiera, tragándose la angustia y el miedo y repitiéndose que debía apoyarlo aunque el nuevo negocio implicara perderlo todo poco a poco, irse lejos de nosotras. Arrancar de cero, primero en un pueblo, luego, con todo verdaderamente perdido, de vuelta en la Ciudad de México. Fue un accidente automovilístico el que los separó, y aquí quisiera anotar que, según recuerdo, él ya había tenido en su juventud un accidente grave del que se salvó de milagro: la historia es borrosa y quizás bañada por mi alarmismo y exageración infantil, pero recuerdo que él se había cortado el cuello por el parabrisas y tenía una cicatriz que lo confirmaba. Así que su segundo accidente fue aquel en el que le propuso matrimonio a ella y el tercero, de nuevo solo, su despedida. El mágico tres que tanto repito en mis talleres de guión y narrativa y que le da a su vida un tono de ficción, al estilo ya no de una comedia sino de un drama.

La historia no termina ahí. Antes de que él muriera, ella sacó dinero de un cajero automático sin llevar sus lentes y aceptó, sin proponérselo, un seguro de vida a nombre de él. Papá dijo que iba a cancelarlo pero no lo hizo y cuando murió, esto permitió a mamá, con ayuda de mi hermana, comprar la casa donde ahora vive. También llegaría una pensión y, según mamá, que conversa todos los días con él, una invitación a un programa de concursos al que ella quería ir para remodelar su sala y cocina. Lo ganamos, porque nosotras también fuimos a concursar y correr y hacer varias tonterías en pantalla, aunque fue ella quien respondió a la pregunta final para llevarse el premio. Una prueba más, desde la mirada de mi madre, de que él ha cumplido la promesa hecha al borde de aquella ambulancia: nunca dejarla.

Durante años, mi hermana se hizo cargo de mandarle flores a mamá cada 21 de marzo porque esto era algo que papá acostumbraba. Este año, por fin la ha soltado, dejándole partir, ahora que mi madre ha sobrevivido a sus propios retos: una hepatitis C, la pandemia y la propuesta de un geriatra acertadísimo que le recetó un antidepresivo que ella rechazó al principio pero siguió tomando. Entre muchas otras cosas, noto que vive estos días con un dolor más sosiego, el dolor que el tiempo convierte en nostalgia y ya no en el arrastre demoledor que tuvo, hace poco más de 20 años, el haberlo perdido en una carretera del Estado de México.

Hoy, 21 de marzo, recuerdo su historia de amor tanto como el cuento de hadas como el relato no tan ideal, porque quiero decirme que son una misma historia y celebrar de la única forma que sé: escribiendo y llorando como magdalena al hacerlo (porque sí, mamá, cómo nos parecemos). Feliz aniversario de bodas, papá y mamá. Gracias por regalarnos esta historia de amor. Los quiero.

P.D. Y sí, pues, voy a retomar el reto de las 52 semanas, un poco tarde, entusiasmada por los escritos de las amigas que también lo están haciendo.

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Cecilia Magaña

Escribo, doy talleres y tengo un curso de creación de personajes en la plataforma de Domêstika. Vivo con Javier y Nala, una perra de humor cambiante.